En el mundo de la nutrición, la Dieta Mediterránea ha sido coronada durante décadas como el “estándar de oro”, aunque ya sabemos que quizá tenga rivales. Sus beneficios para la salud cardiovascular, la longevidad y la prevención de enfermedades crónicas están más que demostrados. Sin embargo, en la era de la crisis climática, ha surgido una pregunta inevitable: ¿Es también la opción más sostenible para el planeta?
En el podcast, la doctora Ujué Fresán puso sobre la mesa datos que desafían la percepción común que tenemos sobre este patrón alimentario.
El espejismo de la “Dieta Mediterránea” actual
Cuando hablamos de dieta mediterránea hoy en día, solemos pensar en aceite de oliva, pescado fresco, algo de carne roja y muchas verduras. Pero hay una distinción crítica que debemos hacer: la dieta mediterránea de los años 50 y 60 no es la que seguimos hoy.
La dieta de nuestros abuelos era, esencialmente, “plant-based”
Ujué Fresán señala que la sostenibilidad atribuida históricamente a este patrón se debía a su composición original. En las décadas centrales del siglo XX, la disponibilidad de productos de origen animal era limitada. La dieta se basaba en:
- Legumbres como fuente principal de proteína.
- Cereales integrales.
- Frutas y verduras de temporada.
- Un consumo muy esporádico de carne y lácteos.
Esa escasez de productos animales es, precisamente, lo que la hacía ligera para el ecosistema.
El dilema: salud vs. medio ambiente
Los estudios actuales muestran una paradoja interesante. Una persona puede tener una alta adherencia a la dieta mediterránea moderna y obtener grandes beneficios para su salud, pero su impacto ambiental puede seguir siendo elevado.
¿Por qué ocurre esto? Porque el impacto ambiental no se mide solo por el “nombre” de la dieta, sino por la proporción de sus ingredientes. Si tu versión de dieta mediterránea incluye raciones frecuentes de pescado, lácteos o carne (aunque sea blanca), la huella de carbono y el uso de recursos hídricos se disparan en comparación con una opción íntegramente vegetal.
El mito del “producto local”
Uno de los argumentos más comunes para defender el consumo de productos animales en la región mediterránea es el arraigo y la proximidad. Se suele pensar que comprar carne al ganadero local compensa el impacto ambiental.
Sin embargo, la evidencia científica citada en el vídeo es contundente: el tipo de alimento importa mucho más que los kilómetros que recorre.
- La producción de alimentos de origen animal requiere una cantidad inmensa de recursos (tierra, agua y energía para alimentar al ganado) que supera con creces el ahorro en emisiones del transporte.
- Una dieta 100% vegetal, incluso si algunos de sus componentes vienen de más lejos, suele tener una huella ecológica significativamente menor que una dieta mediterránea con presencia de productos animales locales.
¿Cómo hacer que tu dieta sea verdaderamente sostenible?
Si quieres alinear tu salud con la protección del planeta, la clave no es abandonar la esencia mediterránea, sino volver a sus raíces más vegetales:
- Prioriza la proteína vegetal: Sustituye la carne por legumbres (lentejas, garbanzos, alubias) al menos 5 o 6 días a la semana.
- Reduce los lácteos: Explora alternativas vegetales fortificadas.
- Calidad sobre cantidad: Si decides consumir productos de origen animal, que sean una guarnición y no el centro del plato.
- Menos procesados: La sostenibilidad también está en evitar los envases y los procesos industriales de la “falsa” dieta mediterránea de supermercado.
Repasemos lo que dice la ciencia sobre dieta menditerránea y sostenibilidad: El pionero (Joan Dye Gussow, 1995)
Ya en los años 90, Gussow advertía en su estudio “Mediterranean diets: are they environmentally responsible?” que la sostenibilidad de este patrón no era “mágica”, sino que dependía totalmente de su base vegetal. Avisó que si la dieta se modernizaba e incluía más carne y lácteos, perdería su ventaja ecológica.
El baño de realidad: Estudio MooDFOOD (Grasso et al., 2019)
Años después, el estudio MooDFOOD analizó qué pasaba en la vida real. Los resultados fueron una llamada de atención: una mayor adherencia a la dieta mediterránea no siempre reduce el impacto ambiental. ¿Por qué? Porque en el mundo actual, muchas personas “comen dieta mediterránea” pero mantienen un consumo de productos animales (pescado, carnes blancas, lácteos) que anula los beneficios para el planeta. El estudio demostró que la salud y la sostenibilidad solo se alinean cuando la reducción de alimentos de origen animal es el factor principal.
El estudio OMNIVEG (2024-2026)

Para zanjar este debate con datos actuales, Ujué Fresán y su equipo han realizado una publicación del estudio OMNIVEG , comparando directamente el impacto ambiental y económico de una dieta mediterránea tradicional frente a una versión vegana.
Los resultados son reveladores y marcan un punto de inflexión en las recomendaciones dietéticas:
1. El impacto ambiental cae a la mitad
Aunque la dieta mediterránea tradicional ya se considera “sostenible”, el estudio demuestra que sustituir los productos animales por opciones vegetales reduce los impactos ambientales entre un 40% y un 55%.
- Salud humana: -54.5% de impacto.
- Ecosistemas: -50.9% de impacto.
- Uso de recursos: -43.4% de impacto.
Lo más sorprendente es que, aunque en la dieta mediterránea evaluada los productos animales solo aportaban el 18.5% de las calorías, su eliminación supuso casi la mitad del ahorro ambiental total.

2. Sostenibilidad para el bolsillo: Es un 16% más barata
A menudo se argumenta que comer de forma sostenible o vegetal es caro. El estudio desmiente este mito: la dieta mediterránea vegana resultó ser un 16.3% más económica en comparación con la tradicional. La sostenibilidad planetaria y la financiera van de la mano.
Conclusión
La dieta mediterránea sigue siendo una herramienta de salud excepcional, pero para que sea sostenible en 2026, debe evolucionar (o mejor dicho, involucionar) hacia un modelo donde los animales tengan un papel anecdótico. La ciencia nos dice que cuanto más nos acercamos a lo vegetal, más protegemos nuestro futuro.


